Posos de palabras afinadas en una taza vacía. Una caricia lacrimosa cuando se separan las columnas sólidas del costado. Costilla magullada ante la visión deshecha de los huesos entrelazados en la llanura plumosa. Raídas las alas como hojas otoñales. Respiras aliviada ante la fisura abierta de tus labios, del centro líquido que escondes a los otros ojos, pero que hoy me entregas sin vergüenza y con el fruto de la herida corriendo calle abajo.
Cuando el dolor se instala se necesita la espina de una rosa para suavizar el brillo de la tristeza. El agua se abre camino entre los labios, la acunas entre tus dedos y se deshacen los problemas, se desprenden como plumas en el aire. Siempre vuelves como la calidez del amante, como la escucha de un amigo y como la riqueza de un marido.
Aunque aún no lo sepas eres como el ojo del huracán, como la danza de dos mariposas, como el dulce más rico, como un susurro entre el ruido del tráfico, como un barranco que se extiende bajo tus pies, como una mirada sin palabras, como una cuerda amarrada a la costa, como un cuento con felicidad inabarcable, como un roce efímero en el brazo, como el pájaro azul escondido en la cabeza, como el relámpago, como el tiempo esperado, como el cambio en el rumbo, como la violencia de tus dedos al abrazarme, como el silencio que se cuela entre tú y yo, como la esperanza, como compartir el mismo aire, como confesar tus debilidades, como besar a la noche. Quien lo probó lo sabe.
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