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Mostrando entradas de agosto, 2018

Dos mundos.

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Sedientas las arenas, en la playa  sienten del sol los besos abrasados Rosalía de Castro
Cálida danzaba su cuerpo sobre aquel lugar remoto, casi inexistente. Nadie conocía a aquel ser que acostumbraba a caminar entre las dunas del desierto. El sol calentaba su rostro, sin llegar a quemar su piel. Dibujaba hermosas flores doradas a su alrededor, ya que adoraba su figura tranquila, su desconfianza y su aliento. Aquella criatura se sumergía en las entrañas del mundo y no huía. Jamás se alejaba del placer matutino. Hincaba sus manos sobre la arena y, sin esfuerzo, desaparecía del mundo. Nadie supo jamás a dónde iba, hasta que el mar se enamoró de ella. 
Mientras esperaba, la arena se deslizaba entre sus piernas. Al caer la noche, la luna volvía a asomarse a los límites del mundo e iluminaba la playa para que aquella bella criatura apaciguara la frialdad que el mar traía consigo. Él la acariciaba y apaciguaba mientras ella dormía. Él conocía sus cicatrices, sus palabras, sus falsas promesas,…

Siestá

Voy a Tu encuentro entre el valle y la niebla.
Hacia mí caminas descalzo.
Tus manos arrancan de mis entrañas
las llagas de mi ojo.
Mi boca deja de estar seca.
Mi cabeza se despierta de la siesta,
se siente a salvo.
¿Dónde?
En ninguna parte,
sino en Ti.



La cruz frente al desierto

Sola la cruz frente al desierto
moja la espalda de lágrimas pintadas.
Cae el rostro por el cuerpo
y yo recojo la sangre derramada.
Caen los clavos de mis manos.
El Calvario se despierta enfurecido.
Se hace tarde.
Los huesos se quiebran.
Sola la llama se mengua en las tinieblas.
Se encoge el pecho del hombre muerto.
Cae la noche en el monte sin luz.