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Pequeño Prometeo.

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Nada queda del niño cuando crece.  Es en la mañana cuando descubre que la magia son solo hechos y posibilidades.  Se deshacen sus  ilusiones cuando el cabo se suelta del vientre. Encogido, arruga su frente, mientras sus ojos se ocultan de la mirada perturbada del mundo. Un teatro protagonizado por el engaño.  Ni un cuento, ni un beso, ni un sueño... Nada. Ni las sábanas arropaban su cuerpo, ni la vela alejaba a los fantasmas.  Fábulas con mentiras,
mentiras con cuentos chinos. La vida jugaba con el pequeño a las adivinanzas.

Con cada paso lo alejaba de su fantasía y lo acercaba a la boca del lobo. El padre le educaba con ''sé un hombre. Esto es lo que hacen los hombres'', y con aquella retahíla el lobo descuartizó los miembros del niño.
Ni la última vela pudo consumirse antes del castigo.
El lobo arrastraba los ojos por el suelo, y caminaba ciego con las uñas destrozadas y la lengua cortada.
No se atrevió a murmurar quejido alguno y emprendió su viaje al Tártaro.
Muer…

A Lola

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Sientes que te han arrancado un trozo
donde se refugiaban tus juguetes, tus muñecas.
Pierdes el sentido de lo que has perdido y del porqué decidiste perderlo.
Siempre está en su sitio, dónde lo habrás puesto.
Se ríen de ti.
No lo encuentras. No sabes dónde está Lola...
Cuántas veces en la cama ha dormido Lola
y te ha dicho que siempre estará contigo,
que siempre estará para ti.
Joder, ayer no dormiste con Lola.
Le dijiste que esta vez era verdad, que se acabó todo.
Te atreviste hacerlo porque querías estirar los brazos
sola, o sin su presencia, o en otra compañía.
Te dio igual, le tocaste la oreja y se la besaste.
No le dedicaste ninguna palabra,
solo un beso.
Un beso que vendía promesas,
vendía más tiempo al tiempo,
vendía más inocencia que picardía.
Fuiste tan típica, que ni te molestaste en esperar a que se marchara.

¿Hoy? Hoy, no he visto a Lola.
Seguro que está en tu casa, esperando, tirada en cualquier rincón de la casa.
Ella sabe que volverás, que le traicionarás y que dormirá,…

Dos mundos.

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Sedientas las arenas, en la playa  sienten del sol los besos abrasados Rosalía de Castro
Cálida danzaba su cuerpo sobre aquel lugar remoto, casi inexistente. Nadie conocía a aquel ser que acostumbraba a caminar entre las dunas del desierto. El sol calentaba su rostro, sin llegar a quemar su piel. Dibujaba hermosas flores doradas a su alrededor, ya que adoraba su figura tranquila, su desconfianza y su aliento. Aquella criatura se sumergía en las entrañas del mundo y no huía. Jamás se alejaba del placer matutino. Hincaba sus manos sobre la arena y, sin esfuerzo, desaparecía del mundo. Nadie supo jamás a dónde iba, hasta que el mar se enamoró de ella. 
Mientras esperaba, la arena se deslizaba entre sus piernas. Al caer la noche, la luna volvía a asomarse a los límites del mundo e iluminaba la playa para que aquella bella criatura apaciguara la frialdad que el mar traía consigo. Él la acariciaba y apaciguaba mientras ella dormía. Él conocía sus cicatrices, sus palabras, sus falsas promesas,…

Siestá

Voy a Tu encuentro entre el valle y la niebla.
Hacia mí caminas descalzo.
Tus manos arrancan de mis entrañas
las llagas de mi ojo.
Mi boca deja de estar seca.
Mi cabeza se despierta de la siesta,
se siente a salvo.
¿Dónde?
En ninguna parte,
sino en Ti.



La cruz frente al desierto

Sola la cruz frente al desierto
moja la espalda de lágrimas pintadas.
Cae el rostro por el cuerpo
y yo recojo la sangre derramada.
Caen los clavos de mis manos.
El Calvario se despierta enfurecido.
Se hace tarde.
Los huesos se quiebran.
Sola la llama se mengua en las tinieblas.
Se encoge el pecho del hombre muerto.
Cae la noche en el monte sin luz.




Al límite de tu boca.

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Con una mano en el pecho jurabas que soñadas. Tus ojos se escondían tras tus párpados y los apretabas para no despertar, para no volver a lo que llaman el ''mundo real''. Por tu boca, el instinto susurraba, mientras se acercaba al límite de tu boca. Por un momento, las sombras que pernoctaban comenzaron a despertarse en la oscuridad. Tus demonios eran largas sombras que se deslizaban entre los contornos de tu cuerpo y se atrevieron a ir más allá. Casi pudieron materializarse, casi pudieron hacerse reales... Pero, inesperadamente, dijiste mi nombre. Tu boca permaneció a la espera de una respuesta en mitad del sueño. Silencio. No obtuviste respuesta, no pude entrar en tu mismo juego, porque yo estaba soñando... Pero soñaba despierta. 




Adán

Amarrada al cinturón de la tierra. Dependiente de lo esperado. Anclada a la oscura necesidad. Nacida de la nada.