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Feliz tristeza

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Cruzarse entre las brillantes luces que tararean canciones.  Desvelarse en un pestañeo  como un segundo atrapado en el espejo de una cámara.  Imaginarse bailando entre la nostalgia y la esperanza.  ¿Qué esperar cuando no se espera nada? Lágrimas azules que se bifurcan por la curva de tu rostro mientras contemplas la alegría que lucha por vivir en mí  para no esconderse,  aunque la lluvia sece mis ojos,  aunque la tristeza me susurre melodías.  Aún no sabes lo que es,  pero tu voz no miente y tú me consumes  en una mirada.

Arriesgada espera

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Alcanzar una puerta y desconocer que hay al otro lado. El riesgo de saber si es o no, si saldrá adelante o se marchitará. Antes, era todo más descolorido e idealizaba la capacidad de atrapar el amor como un juguete sorpresa del menú infantil. Mentira, todo eso son mentiras. Después, el mundo se me quedó tan estrecho como una caja de cerillas. Las velas han dejado de deshacerse para alumbrar dentro de la habitación. Las ventanas están abiertas y por primera vez, recuerdo como hacerle perder tiempo al tiempo. La esperanza es una proteína diaria y nadie la consume. Me alegro de ser adicta y de poseer esa lucidez que las palabras regalan. Nos han enseñado a mantener el cuerpo como un templo. Pero ¿qué hacer cuando quieres que alguien se quede, que se arriesgue y decida saltar sin paracaídas? A mí nadie me ha explicado nada y hacerse adulto te hace transformarte... En algo intermedio entre gusano y mariposa. 

La serenata de los pájaros

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Raíces profundas en las que se inscribe el silencio de una carretera frecuentada por pájaros de cola blanca.  Una chispa baila bajo la falda de la luna como un niño gitano enredado a las puertas de la juventud. Una copa llena de vida en la que unos pocos, muy pocos, fluyen sus labios entre el tiempo y la muerte.  Podría beber tu copa como si fuera perfume silencioso que se derrama por la camisa. La piel acoge el regreso de la soledad cuando quiere estar acompañada.  La noche agranda sus brazos como las alas de los pájaros que recitan en plena madrugada.

¿Vas a quedarte?

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Dicen tantas cosas de ti que no sé ni lo que eres. ¿Cómo voy a reconocerte? ¿Qué es lo que llevas puesto? Me dices que soy superficial, que nada de lo que llevas por fuera me dice quién eres. Amor, cuéntame, quién eres. A dónde tengo que ir a buscarte.  No puedes estar tan lejos, porque aquí adentro hay costillas rotas que protegen mi centro helado y sediento. ¿Cómo voy a encontrarte? Dicen que siga el camino de las mariposas. Pero qué narices es eso. Te escapas como la tierra que devuelvo, como la arena de la playa, como las conchas. ¿Y por qué no te quedas conmigo? Me agarro a las barras de acero. ¿Vas a quedarte?  "Pero quién eres tú, poeta, que se te llena la boca de palabras baratas, de dudas existenciales y me ruegas que me quede contigo. Pero tú quién eres. Acaso te atreves a poseerme, a anclarme en un camino para que hagas lo que quieras. No. No, y, repito, no. Si al verme no me reconoces, es por la necesidad de alimentar tu centro acolchado entre las rendijas de tu caja.

Ciudad azul

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Casas abandonadas en la arena junto con los castillos devorados y por los aires. Una mujer camina descalza por las sombras de la ciudad como una raíz desbordante de vida. Amor azul como Darío frente a la decadencia de las luces del siglo, azul el coño de Correyero, azul como las pupilas de Béquer, azul como el tiempo del beso de Aleixandre entre las nubes, azul como el rostro de algunos transeúntes.  Fe cautelosa en el traspaso de la piel como la costura de las palabras en el hueso. Habla en el silencio como manos crédulas al azar de la casa de apuestas. Sus tres ojos se bifurcan por las carreteras como el sol, la luna y las agujas que conviven en el centro, decorando la niebla que se cuela entre los hilos de sus hijos, entre las semillas que se entierran para regalar más flores a la fachada de nuestra ciudad.

Conmigo

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Deslizar los dedos por tu cuello como mis abalorios afinados al cisne de tu camiseta. Acompañarte desde lejos como un trozo de papel que se escabulle de los montones grises. Invocarte en cualquier momento del día como las luces que se cuelgan de mis ojos ahumados.  Arrastrarte conmigo  como una máquina que acaricia las curvas de la carretera.   Limpiarte las gotas contenidas como una mujer.  Respirar el trayecto de vuelta a casa como romero abrazado a las puntas de tu pelo. 

Llévame

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Llévame por florecientes meandros que despiertan la fuente con lágrimas abiertas de azules deseos y vieja juventud. Llévame por los hilos que cubre  tu rostro de felicidad triste  como la caída de las hojas antes y después de la calentura solar.  Llévame por tejados nocturnos  y abiertos a la inmensidad de las palabras  como las botellas compartidas entre amigos,  entre labios y miradas fugaces. Llévame por la acera de tu boca  como un niño que juega hacia el borde.  Llévame por las venas cruzadas  como coches jadeantes entre zebras salvajes.  Llévame por las arrugas de tu almohada como pestañas caídas en sueños.  Llévame contigo  y no me alejes más.