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La niña canta mientras llora. Encoge sus miembros ante el tacto húmedo.
El sol seca las gotas de agua
y acaricia su mejilla misteriosa. Sin rostro, la niña llora, pisa el viento que se cuela entre sus dedos,  se tambalea ante los escombros muertos del frío suelo.
Para.  A ella ya no le duele nada.  Con el sol, apacigua su mirada que contempla embelesada.  Seca sus lágrimas, acaricia su pecho. Ella se derrite como el sol que la ama en secreto. 
Él traspasa las gotas de la ventana  y la acurruca en la frente de quien ha llorado, de quien ha dormido solo, de quien nunca ha sido él mismo. Se dirige a ella, a la sin rostro. 
Soy el rayo que ama tu pupila.
Es mi pupila y de nadie más.







Converso

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Cuenta tu maldad.
Cuánto piensas lo que haces.
Escuchas el ruido, ese zumbido,
y pierdes.
Qué pierdes en el fondo del vaso,
en el último soplo del humo azulado.
No olvidas el guiño, al cómplice con el ojo tuerto.
Sí, ese eres tú.
El frío grito que se libera tras la luna,
unos párpados secos, sin vida.
Sí, ese eres tú.
En el retumbar de la marea caes con el tuerto.
Pero, no.
No llegas ahogarte en la profundidad, aunque el peso pueda más.
No llegas a fracasar, porque hay aire tras la oscuridad.
Respira
Respira
Con solo un roce, un respiro, un poco de dulce... tan dulce como la lágrima que cae, tan humano como la lengua que consuela al herido, tan bello como el beso de un amigo.
Derramas tu pecho en la orilla 
y tú 
te salvas.


Deshacerse

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Cocodrilo, hoy, cumpleaños. ¿Araña?  Mastica. Mastica el chocolate  que poquito a poco se va perdiendo. Ya no sabe cuántos ha cumplido y si seguirá cumpliendo. Se deshace la amarga memoria mientras sale por el túnel a toda prisa,
mientras la mano del capitán se desliza,
como si nada importarse


como si la última vela de cumpleaños se apagase.

Tierra mojada

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¿Qué veo? Ojos.
Unos claros árboles se asoman a la ventana lacrimosa.
Nada hay escondido
detrás de los árboles se abre un abanico.
Un abanico naranja que se desliza entre mis mejillas.
Esos ojos azules relampaguean
gritan mi nombre, me quedo quieta.
Lentamente, abro la ventana.
Ahí, ahí descansan tus ojos,
en lo mojado,  ahí dejo los míos enterrados  contigo bajo la tierra.







Bajo la misma piel

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Lo hermoso de ese mucho es agarrar una parte de la infinidad que hay en dicha palabra.
En tu boca suena a infinito, a serenidad, a esperanza, a intensidad.
Ahí radica el origen de mi cuerpo y el sentido por el que el reloj gira sin perder el tiempo. Soy fruto de la voz creadora, cuyo lenguaje hechiza mis miembros y los mueve al antojo de tus letras. Letras torcidas, las leo como tu criatura, las comprendo como del alma que se piensa, que se toca como tus letras. Soy el ser que habita en tu piel y no descansa de la dicha que se trunca en la desesperanza.  ¡Aquí! ¡Aquí, tienes mis lágrimas para liberarme de la naturaleza que me esclaviza con palabras corrientes!
Eres el ojo en mi ojo,
eres la tinta que se desparrama,
eres la piedra angular que vive en la sangre. ¿Acaso no soy parte de tu sangre?
¿No soy la gota que cae y teme embellecer? ¿No soy el mismo rostro que se dobló y que ahora aparece, de pronto, coloreado?
Somos uno en otro.
Somos la carne que vive bajo la misma piel.




Extranjeros.

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‘‘En conversaciones con amigos más jóvenes (…) me doy cuenta, por sus preguntas estupefactas,  de hasta qué punto lo que para mí  sigue siendo una realidad evidente,  para ellos se ha convertido en histórico o inimaginable.’’ Stefan Zweig, El mundo de ayer.

Entre la muchedumbre escuchaba un quejido lastimero. El sonido era irritante, se repetía por todo el vagón. Todos miraban hacia el fondo, pero ninguna cara se correspondía con el desgarro de aquella voz. Esa voz se arrastraba por las paredes del tren como si le estuvieran matando lentamente, como si la masa le estuviera presionando fuertemente la garganta. Entonces, la voz empezó avanzar hacia mí.
Entre la oleada de personas, pude vislumbrar un hombre, un hombre pequeño, un hombre que lloraba. Su boca dibujaba una mueca y sus dientes no se mostraban. La saliva caía de su boca y su cuerpo se arrastraba entre la masa. Se agarraba como podía para no acabar en el suelo, un suelo que le era tan conocido como sufrido. Sobre sus hombros habí…

Sin aire

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Lo piensas a a todas horas. El papel tiembla y temes que este se deshaga como una lágrima que cae y desaparece. La lágrima se desliza por tu cara, sin dejar nada a su paso, todo se vuelve nítido y, por un momento, todo parece ser más claro. En ti, se clava la memoria y brillan las gotas de agua como heridas pasadas que el tiempo lleva consigo a arrastras.

No te reconoces frente a la imagen cómica que sonríe, que se cae al suelo... De la risa. Ni tu rostro se recuerda entre los reflejos. Quizás, este no sea tu espejo y puede ser que sea el de otro. ¿Quién es el otro? Quizás, no seas dueña de ti y de tu imagen, siendo tu sombra el auténtico titiritero de esta historia.

¿Tienes miedo? ¿Miedo?- preguntó la sombra-.

Tienes miedo de la oscuridad que vive en el pasillo. Temes que la sombra se despierte de su siesta y vaya detrás de ti a devorarte, a descuartizarte como un animalillo enjaulado a su destino.

¿A dónde vas?- dice la sombra- ¿A dónde vas tú, bonita?

Tienes frío y te abandonas a …