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Extranjeros.

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‘‘En conversaciones con amigos más jóvenes (…) me doy cuenta, por sus preguntas estupefactas,  de hasta qué punto lo que para mí  sigue siendo una realidad evidente,  para ellos se ha convertido en histórico o inimaginable.’’ Stefan Zweig, El mundo de ayer.

Entre la muchedumbre escuchaba un quejido lastimero. El sonido era irritante, se repetía por todo el vagón. Todos miraban hacia el fondo, pero ninguna cara se correspondía con el desgarro de aquella voz. Esa voz se arrastraba por las paredes del tren como si le estuvieran matando lentamente, como si la masa le estuviera presionando fuertemente la garganta. Entonces, la voz empezó avanzar hacia mí.
Entre la oleada de personas, pude vislumbrar un hombre, un hombre pequeño, un hombre que lloraba. Su boca dibujaba una mueca y sus dientes no se mostraban. La saliva caía de su boca y su cuerpo se arrastraba entre la masa. Se agarraba como podía para no acabar en el suelo, un suelo que le era tan conocido como sufrido. Sobre sus hombros habí…

Sin aire

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Lo piensas a a todas horas. El papel tiembla y temes que este se deshaga como una lágrima que cae y desaparece. La lágrima se desliza por tu cara, sin dejar nada a su paso, todo se vuelve nítido y, por un momento, todo parece ser más claro. En ti, se clava la memoria y brillan las gotas de agua como heridas pasadas que el tiempo lleva consigo a arrastras.

No te reconoces frente a la imagen cómica que sonríe, que se cae al suelo... De la risa. Ni tu rostro se recuerda entre los reflejos. Quizás, este no sea tu espejo y puede ser que sea el de otro. ¿Quién es el otro? Quizás, no seas dueña de ti y de tu imagen, siendo tu sombra el auténtico titiritero de esta historia.

¿Tienes miedo? ¿Miedo?- preguntó la sombra-.

Tienes miedo de la oscuridad que vive en el pasillo. Temes que la sombra se despierte de su siesta y vaya detrás de ti a devorarte, a descuartizarte como un animalillo enjaulado a su destino.

¿A dónde vas?- dice la sombra- ¿A dónde vas tú, bonita?

Tienes frío y te abandonas a …

Pequeño Prometeo.

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Nada queda del niño cuando crece.  Es en la mañana cuando descubre que la magia son solo hechos y posibilidades.  Se deshacen sus  ilusiones cuando el cabo se suelta del vientre. Encogido, arruga su frente, mientras sus ojos se ocultan de la mirada perturbada del mundo. Un teatro protagonizado por el engaño.  Ni un cuento, ni un beso, ni un sueño... Nada. Ni las sábanas arropaban su cuerpo, ni la vela alejaba a los fantasmas.  Fábulas con mentiras,
mentiras con cuentos chinos. La vida jugaba con el pequeño a las adivinanzas.

Con cada paso lo alejaba de su fantasía y lo acercaba a la boca del lobo. El padre le educaba con ''sé un hombre. Esto es lo que hacen los hombres'', y con aquella retahíla el lobo descuartizó los miembros del niño.
Ni la última vela pudo consumirse antes del castigo.
El lobo arrastraba los ojos por el suelo, y caminaba ciego con las uñas destrozadas y la lengua cortada.
No se atrevió a murmurar quejido alguno y emprendió su viaje al Tártaro.
Muer…

A Lola

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Sientes que te han arrancado un trozo
donde se refugiaban tus juguetes, tus muñecas.
Pierdes el sentido de lo que has perdido y del porqué decidiste perderlo.
Siempre está en su sitio, dónde lo habrás puesto.
Se ríen de ti.
No lo encuentras. No sabes dónde está Lola...
Cuántas veces en la cama ha dormido Lola
y te ha dicho que siempre estará contigo,
que siempre estará para ti.
Joder, ayer no dormiste con Lola.
Le dijiste que esta vez era verdad, que se acabó todo.
Te atreviste hacerlo porque querías estirar los brazos
sola, o sin su presencia, o en otra compañía.
Te dio igual, le tocaste la oreja y se la besaste.
No le dedicaste ninguna palabra,
solo un beso.
Un beso que vendía promesas,
vendía más tiempo al tiempo,
vendía más inocencia que picardía.
Fuiste tan típica, que ni te molestaste en esperar a que se marchara.

¿Hoy? Hoy, no he visto a Lola.
Seguro que está en tu casa, esperando, tirada en cualquier rincón de la casa.
Ella sabe que volverás, que le traicionarás y que dormirá,…

Dos mundos.

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Sedientas las arenas, en la playa  sienten del sol los besos abrasados Rosalía de Castro
Cálida danzaba su cuerpo sobre aquel lugar remoto, casi inexistente. Nadie conocía a aquel ser que acostumbraba a caminar entre las dunas del desierto. El sol calentaba su rostro, sin llegar a quemar su piel. Dibujaba hermosas flores doradas a su alrededor, ya que adoraba su figura tranquila, su desconfianza y su aliento. Aquella criatura se sumergía en las entrañas del mundo y no huía. Jamás se alejaba del placer matutino. Hincaba sus manos sobre la arena y, sin esfuerzo, desaparecía del mundo. Nadie supo jamás a dónde iba, hasta que el mar se enamoró de ella. 
Mientras esperaba, la arena se deslizaba entre sus piernas. Al caer la noche, la luna volvía a asomarse a los límites del mundo e iluminaba la playa para que aquella bella criatura apaciguara la frialdad que el mar traía consigo. Él la acariciaba y apaciguaba mientras ella dormía. Él conocía sus cicatrices, sus palabras, sus falsas promesas,…

Siestá

Voy a Tu encuentro entre el valle y la niebla.
Hacia mí caminas descalzo.
Tus manos arrancan de mis entrañas
las llagas de mi ojo.
Mi boca deja de estar seca.
Mi cabeza se despierta de la siesta,
se siente a salvo.
¿Dónde?
En ninguna parte,
sino en Ti.



La cruz frente al desierto

Sola la cruz frente al desierto
moja la espalda de lágrimas pintadas.
Cae el rostro por el cuerpo
y yo recojo la sangre derramada.
Caen los clavos de mis manos.
El Calvario se despierta enfurecido.
Se hace tarde.
Los huesos se quiebran.
Sola la llama se mengua en las tinieblas.
Se encoge el pecho del hombre muerto.
Cae la noche en el monte sin luz.