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Caen palabras de tus ojos

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Se talla la mirada como un mensaje diminuto y escondido en una botella. Se preocupa el iris por el fulgor de las palabras pintadas en un lienzo blanco, muy blanco como la tinta corrida.  Líneas gruesas como el rímel,  palabras tatuadas en la piel erizada  de la lluvia y en el paseo del pelo  desmigado en estelas azules.  ¿Cómo pueden unas letras  expandir las pupilas hacia  los límites de una galaxia enana?  ¿Cómo se asume el golpe  de las imágenes en la vida  ínfima de unos labios entreabiertos?  ¿Cómo puede el amor acuñarse  entre renglones y nunca más salir al encuentro? Una sola gota  limpia la comisura de cupido  mientras la memoria como una bala  escucha la mar entre sus crujientes pasos,  como el verso perfumado de Quevedo  y como el cuello de una camisa  devorada por la tribulación  de unas caricias en la arena.

Navidad en Oriente

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En el principio se reveló la palabra como un triunfo insospechado. Inquebrantable como los hilos tejidos en la garganta, como promesas eternas, como instantes pintados en carretes.  Ella titilaba como una hoja al borde de las astillas que le sostenían antes de desmembrarse. Un inquieto silencio retumbaba dentro de sí como una luz deboradora entre los huesos azulados de la cadera y de las costillas.  Él hendía su ropa como una cuna de rey en la atezada tiniebla de una cueva tallada en la piedra. Poseía un beso escondido en sus párpados de padre mientras el centro materno se apoderaba de la pluma que iba a reescribir al mundo.  Al fin en el cielo un rayo sordo iluminó las cornisas de la cueva en la que un hombre y una mujer iban a dar un nombre al destino que tantos otros habían proclamado en ecos de las agujas pasadas.

Madrid me mata

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Olvido los susurros de los pájaros cuando la madrugada cerrada levanta su falda en horas imprudentes,  pero es el tiempo de la juventud.  En mitad de las anaranjadas farolas se unen las sombras  en caricias furtivas,  casi desesperadas.  Se bifurca la amistad como trapecistas en la balanza. Se comprueban los mensajes aislados en la pantalla.  Se saborea el reguetón como un narcótico placentero, que no mata a nadie. Acaroladas las plumas,  las crestas y el orgullo como ceniza cubierta de  calientes abrazos que se apagan como cigarros en el aire.

Estelas

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¿Quién recuerda el detalle de cubrir mis hombros dormidos  y desnudos de la palidez que a veces la vida trae consigo? ¿Quién olvida los pasos acuciados entre  las piedras de la orilla y el puente torcido? Me encontraste tocada por el umbral firme de la herida pegada a mi espalda.  Susurraba mi silencio  palabras o versos de un loco poeta. Respondiste ante mi cuerpo  como un pájaro maternal  que cubre con sus cuatro brazos   las gotas llenas de solares reflejos. Callaron mis labios abiertos  ante el cuidado de tus rotas alas.  Puro el albo que decoraba la cresta y tu torso manchado de lunares y de cristales quebrados sobre la fortaleza de tu cuerpo.  ¿Quién recuerda ahora el vidrio cobrizo de tu ventana cerrada al horizonte?  ¿Quién piensa en las palabras retratadas con tierna seguridad  anclada a mis manos marchitas de deseos jamás correspondidos?  Será la voz envuelta entre las mantas acolchadas,  quien invoca el relato de tus manos  entre mis fríos hombros y mi álgido centro. 

Nuestras manos

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Coger tu mano desprevenida sin conocer el destino futuro.  Arrastrarte hacia el centro  como una ola que te aleja de la orilla.  Tomas mis dedos como una niña que vuela sobre el columpio.  Mi mano se ancla a tu espalda mientras las tuyas examinan las grietas de mi pecho. Escuchas las verdades a medias,  los silencios incómodos,  la búsqueda insaciable de calmantes, el silencio del dolor cuando nadie me mira,  las cervezas compartidas pero que jamás repetiría,  la música con la que bailo contigo  y la que canto en el espejo vacío de mi cuarto de baño.  Decirte que tú lo tienes como un puñado de arena que no se escapa, como una pupila dilatada,  como el parpadeo de una mariposa,  como el sol que no se despide de la noche,  como la tristeza que no se asoma,  como la caricia desnuda de nuestras manos. 

Cuatro mujeres

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Para R., M. y M. Cuatro mujeres en la cima de rocas flotantes con sus pensamientos claros y sus nieblas espesas cubriendo sus hombros, miran hacia un horizonte tumbado e incierto para la esperanza. Caben entre sus labios pequeñas palabras de aliento y vida para aquel que desee escucharlas. Ellos no comprenden el peso de sus cuerpos y el poder de la espera, frente a la inmediatez de los mensajes fugaces entre pantallas acaloradas de rotas promesas.  Cuatro mujeres caminan con pies ligeros como aves en busca de un lugar donde refugiarse. Desentierran heridas pasadas para curarlas cada vez que se abren al desaliento de quienes pierden el tacto de las palabras, cuando dos lenguas se funden en una sola. Construyen paredes acristaladas como plumas solares traspasadas como lanzas lóbregas en el amanecer de sus novicios huesos.  Cuatro mujeres jóvenes con toda la vida acuñada entre las grietas de sus dedos, donde un destino jamás escrito en el impulsivo precipicio de la corriente permanece lat

Dame un poco más de vida

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Un día donde la espuma del mar colorea el reflejo de tus ojos y comprendes la claridad que en ellos habita, junto con la incertidumbre de la madurez. Sientes en las puntas de cada pelo como se expande la luz que en ti crece. Ante las palabras de los otros respondes incrédula y frente a la visión, que en el espejo nunca llegas a creer por la tenebrosidad y la espina traspasada y sangrante que llevas desde tanto tiempo atrás. En un día como hoy en que las olas acarician las murallas de tu carne, caes en la cuenta de que los hilos de tu interior están ordenados, pero se estiran como dedos que quieren alcanzar el otro lado del precipicio. En un día como hoy en que los huesos abandonan el movimiento del centro acorazado, en que el amor llama a gritos a la puerta, en que el silencio se vuelve en una cálida paz de seguridad y templanza, confías en que vivir en sus manos es el sentido por el cual adoras los detalles pequeños, las palabras que se escapan de dentro a fuera, las cicatrices inefab