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Máscara

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Todos los impulsos que nos esforzamos en ahogar  incuban en nuestra mente y nos envenenan. Oscar Wilde

Negra tez que se oscurece
tras las cortinas de la noche.
Vagabundas las manos que se queman al roce de su cuerpo,
creyendo ser experto en el juego de los espejos. Ni los ojos brillan en la tiniebla.
Arde el portador de la sombra
como un extraño sin cuerpo,
sin cabeza,
sin lágrimas que derramar.
Pérfido latido del que se arrastra
como un anzuelo para la concupiscencia.
Un mal portador del tiempo
que pierde las horas que pasan
frente al triste retrato de sí mismo.


Tu regreso

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Como la niebla, tú desapareces.
Sin querer te ocultas
entre los hilos de la herida.
No puedo encontrar el calor de tu piel,  ni las palabras de tu sangre. Hace tiempo que la rosa
ya no respira, ni suaviza mis manos.
Lejos.
Muy lejos quedó tu cuerpo del mío. Solo ruego por una mirada,
un segundo más
para seguir esperándote.

Locura blanca

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‘‘Un árbol plantado en el jardín te saludaba mientras mirabas distraídamente desde la ventana. Un mechón de pelo se deslizaba por tu frente ancha y, en el reflejo del cristal, contemplabas a tu madre mientras fregaba los platos. Giraste la cabeza hacia ella, quien te devolvió la mirada con una sonrisa. De repente, ella dejó caer los platos y se acercó de forma extraña hacia ti, su hija. Alicia, te contuviste de gritar al examinar los ojos amarillos, los labios azulados y el rostro contraído de tu madre. Alargaste la mano y tocaste la helada piel de la muerta, mientras la llamabas diciendo: ¿Mamá? ¿Mamá? El silencio mortífero inundó tu corazón de pánico. Intentaste gritar, pero tu voz quedó muda ante la escena. De pronto, tus manos se agarraron a tu cuello y tu boca se desencajó de tu rostro desesperadamente para atrapar alguna gota de… A…I…R…E… Necesitaba… aire’’.
Abrí los ojos y me di cuenta de que había sido una pesadilla – dijo Alicia a la psiquiatra, mientras tomaba notas en una pe…

Esperado olvido

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Manejas el sentido del tiempo
mientras esperas que te ame.
Un cuerpo tumbado se pudre
entre las paredes pintadas.
Ese cuerpo se marchita en el olvido
que no revive su fondo blanco.
Rayas negras perfilan su piel amarillenta.
No mendigues mi cariño.
No me saludes y me hables, sin quererlo, con desprecio.
Esperas de mí algo, lo tienes.
Tú lo tienes.
Dibujado en mi pared
están las letras que chorrean
lágrimas de papel.


[Inserte un título aquí]

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La niña canta mientras llora. Encoge sus miembros ante el tacto húmedo.
El sol seca las gotas de agua
y acaricia su mejilla misteriosa. Sin rostro, la niña llora, pisa el viento que se cuela entre sus dedos,  se tambalea ante los escombros muertos del frío suelo.
Para.  A ella ya no le duele nada.  Con el sol, apacigua su mirada que contempla embelesada.  Seca sus lágrimas, acaricia su pecho. Ella se derrite como el sol que la ama en secreto. 
Él traspasa las gotas de la ventana  y la acurruca en la frente de quien ha llorado, de quien ha dormido solo, de quien nunca ha sido él mismo. Se dirige a ella, a la sin rostro. 
Soy el rayo que ama tu pupila.
Es mi pupila y de nadie más.







Converso

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Cuenta tu maldad.
Cuánto piensas lo que haces.
Escuchas el ruido, ese zumbido,
y pierdes.
Qué pierdes en el fondo del vaso,
en el último soplo del humo azulado.
No olvidas el guiño, al cómplice con el ojo tuerto.
Sí, ese eres tú.
El frío grito que se libera tras la luna,
unos párpados secos, sin vida.
Sí, ese eres tú.
En el retumbar de la marea caes con el tuerto.
Pero, no.
No llegas ahogarte en la profundidad, aunque el peso pueda más.
No llegas a fracasar, porque hay aire tras la oscuridad.
Respira
Respira
Con solo un roce, un respiro, un poco de dulce... tan dulce como la lágrima que cae, tan humano como la lengua que consuela al herido, tan bello como el beso de un amigo.
Derramas tu pecho en la orilla 
y tú 
te salvas.


Tierra mojada

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¿Qué veo? Ojos.
Unos claros árboles se asoman a la ventana lacrimosa.
Nada hay escondido
detrás de los árboles se abre un abanico.
Un abanico naranja que se desliza entre mis mejillas.
Esos ojos azules relampaguean
gritan mi nombre, me quedo quieta.
Lentamente, abro la ventana.
Ahí, ahí descansan tus ojos,
en lo mojado,  ahí dejo los míos enterrados  contigo bajo la tierra.