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¿Vas a quedarte?

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Dicen tantas cosas de ti que no sé ni lo que eres. ¿Cómo voy a reconocerte? ¿Qué es lo que llevas puesto? Me dices que soy superficial, que nada de lo que llevas por fuera me dice quién eres. Amor, cuéntame, quién eres. A dónde tengo que ir a buscarte.  No puedes estar tan lejos, porque aquí adentro hay costillas rotas que protegen mi centro helado y sediento. ¿Cómo voy a encontrarte? Dicen que siga el camino de las mariposas. Pero qué narices es eso. Te escapas como la tierra que devuelvo, como la arena de la playa, como las conchas. ¿Y por qué no te quedas conmigo? Me agarro a las barras de acero. ¿Vas a quedarte?  "Pero quién eres tú, poeta, que se te llena la boca de palabras baratas, de dudas existenciales y me ruegas que me quede contigo. Pero tú quién eres. Acaso te atreves a poseerme, a anclarme en un camino para que hagas lo que quieras. No. No, y, repito, no. Si al verme no me reconoces, es por la necesidad de alimentar tu centro acolchado entre las rendijas de tu caja.

Ciudad azul

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Casas abandonadas en la arena junto con los castillos devorados y por los aires. Una mujer camina descalza por las sombras de la ciudad como una raíz desbordante de vida. Amor azul como Darío frente a la decadencia de las luces del siglo, azul el coño de Correyero, azul como las pupilas de Béquer, azul como el tiempo del beso de Aleixandre entre las nubes, azul como el rostro de algunos transeúntes.  Fe cautelosa en el traspaso de la piel como la costura de las palabras en el hueso. Habla en el silencio como manos crédulas al azar de la casa de apuestas. Sus tres ojos se bifurcan por las carreteras como el sol, la luna y las agujas que conviven en el centro, decorando la niebla que se cuela entre los hilos de sus hijos, entre las semillas que se entierran para regalar más flores a la fachada de nuestra ciudad.

Conmigo

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Deslizar los dedos por tu cuello como mis abalorios afinados al cisne de tu camiseta. Acompañarte desde lejos como un trozo de papel que se escabulle de los montones grises. Invocarte en cualquier momento del día como las luces que se cuelgan de mis ojos ahumados.  Arrastrarte conmigo  como una máquina que acaricia las curvas de la carretera.   Limpiarte las gotas contenidas como una mujer.  Respirar el trayecto de vuelta a casa como romero abrazado a las puntas de tu pelo. 

Llévame

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Llévame por florecientes meandros que despiertan la fuente con lágrimas abiertas de azules deseos y vieja juventud. Llévame por los hilos que cubre  tu rostro de felicidad triste  como la caída de las hojas antes y después de la calentura solar.  Llévame por tejados nocturnos  y abiertos a la inmensidad de las palabras  como las botellas compartidas entre amigos,  entre labios y miradas fugaces. Llévame por la acera de tu boca  como un niño que juega hacia el borde.  Llévame por las venas cruzadas  como coches jadeantes entre zebras salvajes.  Llévame por las arrugas de tu almohada como pestañas caídas en sueños.  Llévame contigo  y no me alejes más.

Caen palabras de tus ojos

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Se talla la mirada como un mensaje diminuto y escondido en una botella. Se preocupa el iris por el fulgor de las palabras pintadas en un lienzo blanco, muy blanco como la tinta corrida.  Líneas gruesas como el rímel,  palabras tatuadas en la piel erizada  de la lluvia y en el paseo del pelo  desmigado en estelas azules.  ¿Cómo pueden unas letras  expandir las pupilas hacia  los límites de una galaxia enana?  ¿Cómo se asume el golpe  de las imágenes en la vida  ínfima de unos labios entreabiertos?  ¿Cómo puede el amor acuñarse  entre renglones y nunca más salir al encuentro? Una sola gota  limpia la comisura de cupido  mientras la memoria como una bala  escucha la mar entre sus crujientes pasos,  como el verso perfumado de Quevedo  y como el cuello de una camisa  devorada por la tribulación  de unas caricias en la arena.

Navidad en Oriente

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En el principio se reveló la palabra como un triunfo insospechado. Inquebrantable como los hilos tejidos en la garganta, como promesas eternas, como instantes pintados en carretes.  Ella titilaba como una hoja al borde de las astillas que le sostenían antes de desmembrarse. Un inquieto silencio retumbaba dentro de sí como una luz deboradora entre los huesos azulados de la cadera y de las costillas.  Él hendía su ropa como una cuna de rey en la atezada tiniebla de una cueva tallada en la piedra. Poseía un beso escondido en sus párpados de padre mientras el centro materno se apoderaba de la pluma que iba a reescribir al mundo.  Al fin en el cielo un rayo sordo iluminó las cornisas de la cueva en la que un hombre y una mujer iban a dar un nombre al destino que tantos otros habían proclamado en ecos de las agujas pasadas.

Madrid me mata

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Olvido los susurros de los pájaros cuando la madrugada cerrada levanta su falda en horas imprudentes,  pero es el tiempo de la juventud.  En mitad de las anaranjadas farolas se unen las sombras  en caricias furtivas,  casi desesperadas.  Se bifurca la amistad como trapecistas en la balanza. Se comprueban los mensajes aislados en la pantalla.  Se saborea el reguetón como un narcótico placentero, que no mata a nadie. Acaroladas las plumas,  las crestas y el orgullo como ceniza cubierta de  calientes abrazos que se apagan como cigarros en el aire.