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Mostrando las entradas etiquetadas como creatividad

Ciudad azul

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Casas abandonadas en la arena junto con los castillos devorados y por los aires. Una mujer camina descalza por las sombras de la ciudad como una raíz desbordante de vida. Amor azul como Darío frente a la decadencia de las luces del siglo, azul el coño de Correyero, azul como las pupilas de Béquer, azul como el tiempo del beso de Aleixandre entre las nubes, azul como el rostro de algunos transeúntes.  Fe cautelosa en el traspaso de la piel como la costura de las palabras en el hueso. Habla en el silencio como manos crédulas al azar de la casa de apuestas. Sus tres ojos se bifurcan por las carreteras como el sol, la luna y las agujas que conviven en el centro, decorando la niebla que se cuela entre los hilos de sus hijos, entre las semillas que se entierran para regalar más flores a la fachada de nuestra ciudad.

Conmigo

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Deslizar los dedos por tu cuello como mis abalorios afinados al cisne de tu camiseta. Acompañarte desde lejos como un trozo de papel que se escabulle de los montones grises. Invocarte en cualquier momento del día como las luces que se cuelgan de mis ojos ahumados.  Arrastrarte conmigo  como una máquina que acaricia las curvas de la carretera.   Limpiarte las gotas contenidas como una mujer.  Respirar el trayecto de vuelta a casa como romero abrazado a las puntas de tu pelo. 

Navidad en Oriente

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En el principio se reveló la palabra como un triunfo insospechado. Inquebrantable como los hilos tejidos en la garganta, como promesas eternas, como instantes pintados en carretes.  Ella titilaba como una hoja al borde de las astillas que le sostenían antes de desmembrarse. Un inquieto silencio retumbaba dentro de sí como una luz deboradora entre los huesos azulados de la cadera y de las costillas.  Él hendía su ropa como una cuna de rey en la atezada tiniebla de una cueva tallada en la piedra. Poseía un beso escondido en sus párpados de padre mientras el centro materno se apoderaba de la pluma que iba a reescribir al mundo.  Al fin en el cielo un rayo sordo iluminó las cornisas de la cueva en la que un hombre y una mujer iban a dar un nombre al destino que tantos otros habían proclamado en ecos de las agujas pasadas.

Cuatro mujeres

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Para R., M. y M. Cuatro mujeres en la cima de rocas flotantes con sus pensamientos claros y sus nieblas espesas cubriendo sus hombros, miran hacia un horizonte tumbado e incierto para la esperanza. Caben entre sus labios pequeñas palabras de aliento y vida para aquel que desee escucharlas. Ellos no comprenden el peso de sus cuerpos y el poder de la espera, frente a la inmediatez de los mensajes fugaces entre pantallas acaloradas de rotas promesas.  Cuatro mujeres caminan con pies ligeros como aves en busca de un lugar donde refugiarse. Desentierran heridas pasadas para curarlas cada vez que se abren al desaliento de quienes pierden el tacto de las palabras, cuando dos lenguas se funden en una sola. Construyen paredes acristaladas como plumas solares traspasadas como lanzas lóbregas en el amanecer de sus novicios huesos.  Cuatro mujeres jóvenes con toda la vida acuñada entre las grietas de sus dedos, donde un destino jamás escrito en el impulsivo precipicio de la corriente perm...

Dame un poco más de vida

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Un día donde la espuma del mar colorea el reflejo de tus ojos y comprendes la claridad que en ellos habita, junto con la incertidumbre de la madurez. Sientes en las puntas de cada pelo como se expande la luz que en ti crece. Ante las palabras de los otros respondes incrédula y frente a la visión, que en el espejo nunca llegas a creer por la tenebrosidad y la espina traspasada y sangrante que llevas desde tanto tiempo atrás. En un día como hoy en que las olas acarician las murallas de tu carne, caes en la cuenta de que los hilos de tu interior están ordenados, pero se estiran como dedos que quieren alcanzar el otro lado del precipicio. En un día como hoy en que los huesos abandonan el movimiento del centro acorazado, en que el amor llama a gritos a la puerta, en que el silencio se vuelve en una cálida paz de seguridad y templanza, confías en que vivir en sus manos es el sentido por el cual adoras los detalles pequeños, las palabras que se escapan de dentro a fuera, las cicatrices inefab...

Como dos gotas de agua

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Semejanza acompasada  como separadas flores que crecen.  Tallo de cristal  como las primeras lágrimas del recién nacido.  Miraban sus ojos a la profunda llamarada de la noche.  La tinta descolorida es olvidada  junto con mis puentes decadentes,  cuando el rayo atraviesa mi piel como un dedo que turba el agua.

Sabor, sabor

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Como una serpiente alargada nos colocamos en mitad de la calle. Tantas personas como yo esperando una caja de esperanza, una caja para matar el gusanillo, una caja de sorpresas como los huevos Kinder. Mantenemos la distancia. Mis hijos esperan en casa. Hambrientos. Muertos casi por la carencia de víveres. Les damos amor, pero eso no mata el hambre. Mi mujer está intranquila, pero se apaña con todo lo que tiene. Mientras se cuecen las patatas derrama algunas gotas de más en el fondo de la olla. Cree que no las saboreo, pero a mí la comida me sabe a tristeza.

Locura blanca

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‘‘Un árbol plantado en el jardín te saludaba mientras mirabas distraídamente desde la ventana. Un mechón de pelo se deslizaba por tu frente ancha y, en el reflejo del cristal, contemplabas a tu madre mientras fregaba los platos. Giraste la cabeza hacia ella, quien te devolvió la mirada con una sonrisa. De repente, ella dejó caer los platos y se acercó de forma extraña hacia ti, su hija. Alicia, te contuviste de gritar al examinar los ojos amarillos, los labios azulados y el rostro contraído de tu madre. Alargaste la mano y tocaste la helada piel de la muerta, mientras la llamabas diciendo: ¿Mamá? ¿Mamá? El silencio mortífero inundó tu corazón de pánico. Intentaste gritar, pero tu voz quedó muda ante la escena. De pronto, tus manos se agarraron a tu cuello y tu boca se desencajó de tu rostro desesperadamente para atrapar alguna gota de… A…I…R…E… Necesitaba… aire’’. Abrí los ojos y me di cuenta de que había sido una pesadilla – dijo Alicia a la psiquiatra, mientras tomaba notas e...

Extranjeros.

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‘‘En conversaciones con amigos más jóvenes (…)  me doy cuenta, por sus preguntas estupefactas,  de hasta qué punto lo que para mí   sigue siendo una realidad evidente,  para ellos se ha convertido  en histórico o inimaginable.’’ Stefan Zweig, El mundo de ayer . Entre la muchedumbre escuchaba un quejido lastimero. El sonido era irritante, se repetía por todo el vagón. Todos miraban hacia el fondo, pero ninguna cara se correspondía con el desgarro de aquella voz. Esa voz se arrastraba por las paredes del tren como si le estuvieran matando lentamente, como si la masa le estuviera presionando fuertemente la garganta. Entonces, la voz empezó avanzar hacia mí. Entre la oleada de personas, pude vislumbrar un hombre, un hombre pequeño, un hombre que lloraba. Su boca dibujaba una mueca y sus dientes no se mostraban. La saliva caía de su boca y su cuerpo se arrastraba entre la masa. Se agarraba como podía para no acabar en el suelo, un suelo que le e...

Sin aire

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Lo piensas a a todas horas. El papel tiembla y temes que este se deshaga como una lágrima que cae y desaparece. La lágrima se desliza por tu cara, sin dejar nada a su paso, todo se vuelve nítido y, por un momento, todo parece ser más claro. En ti, se clava la memoria y brillan las gotas de agua como heridas pasadas que el tiempo lleva consigo a arrastras. No te reconoces frente a la imagen cómica que sonríe, que se cae al suelo... De la risa. Ni tu rostro se recuerda entre los reflejos. Quizás, este no sea tu espejo y puede ser que sea el de otro. ¿Quién es el otro? Quizás, no seas dueña de ti y de tu imagen, siendo tu sombra el auténtico titiritero de esta historia. ¿Tienes miedo? ¿Miedo?- preguntó la sombra-. Tienes miedo de la oscuridad que vive en el pasillo. Temes que la sombra se despierte de su siesta y vaya detrás de ti a devorarte, a descuartizarte como un animalillo enjaulado a su destino. ¿A dónde vas?- dice la sombra- ¿A dónde vas tú, bonita? Tienes frío y te aba...

La cruz frente al desierto

Sola la cruz frente al desierto moja la espalda de lágrimas pintadas. Cae el rostro por el cuerpo y yo recojo la sangre derramada. Caen los clavos de mis manos. El Calvario se despierta enfurecido. Se hace tarde. Los huesos se quiebran. Sola la llama se mengua en las tinieblas. Se encoge el pecho del hombre muerto. Cae la noche en el monte sin luz.

Al límite de tu boca.

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Con una mano en el pecho jurabas que soñadas. Tus ojos se escondían tras tus párpados y los apretabas para no despertar, para no volver a lo que llaman el ''mundo real''. Por tu boca, el instinto susurraba, mientras se acercaba al límite de tu boca. Por un momento, las sombras que pernoctaban comenzaron a despertarse en la oscuridad. Tus demonios eran largas sombras que se deslizaban entre los contornos de tu cuerpo y se atrevieron a ir más allá. Casi pudieron materializarse, casi pudieron hacerse reales... Pero, inesperadamente, dijiste mi nombre. Tu boca permaneció a la espera de una respuesta en mitad del sueño. Silencio. No obtuviste respuesta, no pude entrar en tu mismo juego, porque yo estaba soñando... Pero soñaba despierta. 

Silencios del cuerpo.

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Ella ya sangraba como las rosas. El pijama estaba mojado. De entre las piernas surgía un grito, una lágrima, una espina. Desde que su madre la trajo al mundo, siempre había estado sangrado.  Hace mucho tiempo. Sí , tú ya sangrabas. Antes de ser mujer, tú ya sangrabas. Se derramaban tus esperanzas, mientras s angrabas por dentro y ella corría por tus ojos. No había sombras en casa. Aquel día solo estaba ella e ntre las sábanas mojadas.  Llamaste y ella te dijo lo que tenías que hacer. Lo hiciste. Lo hiciste sola. Siempre sola, frente al espejo, maltratada y violada por los ojos de los extraños. Eras la juzgada, la apedreada, la bruja, la insegura, la indefensa, la que casi aparece muerta... Siempre has hecho de lo mismo, siempre era el mismo papel. Amiga, dime dónde. Dónde has aprendido a metamorfosearte . Enséñame, donde lo has hecho.  Lo he hecho yo sola, cuerpo. Yo sola.  Al principio era de piedra, ahora soy carne. Soy la carne fría. Soy de hueso frágil y me...

Detenido.

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Mis pliegues blandos contra su piel en penumbra tapados contra mi débil pecho se encogen los cuerpos, se rozan las grietas del placer y se consumen los gritos mortales. Entra en mi boca, consumiéndome hasta el último minuto. Me acaricia. Mientras -vulnerable- me deshago, como un pálido árbol, como una mujer anciana, como un reloj parado.

Tu liberación.

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Es inconsciente el cigarro en tus manos. Es el sol quien anula tu vista. Es la mano quien posee las costillas de la carne. La llama en la cabeza. Es el humo quien te libera. Son las palabras quienes te delatan. Esa barba blanca solo es ceniza. Solo el sol calienta y tu aliento apesta a ausencia.

Viejo soñador.

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¿Puede mi mano ansiosa alcanzar tus estrellas? Novalis . No le preocupaba la ceniza que caía en sus manos, ni la amarillenta piel. Los signos de la edad se alargaban y los hilos de la barba competían para ver quién llegaba hasta el final. Frente a la ventana, él se levantaba en mitad de la fría noche. Alzaba su vicio al aire permitiendo que los fantasmas escaparan de su boca. Sus labios humeantes guardaban silencio en mitad de la noche por miedo a despertar a los otros que soñaban ingenuamente.  Extraños eran los ojos del ermitaño que exhalaba recuerdos de tiempos mejores y aspiraba la esperanza que tanto esperaba, pero en la que no creía. Los zapatos se pudrían y los trajes se reían de sí mismos, porque no comprendían la gracia de estar colgados en el armario. Olvidaba cuánto tiempo dedicaba al sueño y cuánto tiempo perdía hablando en silencio.Para él, no había más vida que la del sueño y solo la muerte le despertaba de golpe en mitad del día. Sentía que la luz le dañaba y ...

Al desnudo.

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Frente al papel en blanco no sé qué hacer con Ella. Arranca lo que hay en la mesa y dibuja surcos sin sentido. No pienses en qué dirá, solo sigue la flecha y Ella te dirá cuando parar. Al principio es en la mesa, luego, en la calle y sin darte cuenta hasta en la cama. El lugar no importa. Ella te tira de la chaqueta y te hace ser niño, madre, viejo, enfermo, genio, mentiroso, enamorado. Te arranca lo que llevas y te deja al desnudo. Te deshaces entre sus contornos, te ahogas entre sus párrafos, te acostumbras a lo cómodo y te abandonas al final del punto. Te acurrucas en la cama. La manta es suya y a ti te queda el Tártaro. Pierdes las cuentas de arena. Las cenizas quedan en la arena y lo que fue vida son olvidos y promesas no cumplidas. Fueron dueños de su letra, pero no recuerdan ser propietarios de las ideas. Ella cae sobre tus hombros y te recuerda a la musa, a la lira, a la naturaleza, a la cuenca de tus ojos y a las chimeneas grises de Alemania.     Ell...

Le había vuelto loco.

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Cojo el cepillo de dientes, echo la pasta dentífrica y me meto el cepillo en la boca. Uno, dos, tres… Cada mañana, Harold Qrick cogía su cepillo de dientes y deslizaba la pasta blanca entre sus pequeños dientes. Harold no podía evitar contar cuántas veces se cepillaba cada parte de su boca. Parecía que se trataba más de un trabajo que de una acción cotidiana . Dejo de contar. ‘’¿Quién está ahí?’’ - gritó -. ‘’¡Hola! ¿Hola?’’ Vuelvo a contar. Uno, dos tres, cuatro, cinco… Harold trabajaba mucho, era su principal defecto, aunque él no se atrevía a reconocerlo. Harold era inspector de Hacienda y no hablaba mucho de ello, porque… ‘’¡Quién está ahí!’’ - gritó de nuevo -. ‘’¡Quién eres!’’ Harold se sacó de golpe el cepillo de dientes y se dirigió al aire, preguntándole quién era. Harold no solía despertarse con ganas de hablarle al viento, pero hoy deseaba ser otro… Estoy helado. Escucho una voz. Me atrevo hablar. ‘’De acuerdo si eres mi conciencia no sé por qué hablas de mí todo ...