Locura blanca


‘‘Un árbol plantado en el jardín te saludaba mientras mirabas distraídamente desde la ventana. Un mechón de pelo se deslizaba por tu frente ancha y, en el reflejo del cristal, contemplabas a tu madre mientras fregaba los platos. Giraste la cabeza hacia ella, quien te devolvió la mirada con una sonrisa. De repente, ella dejó caer los platos y se acercó de forma extraña hacia ti, su hija. Alicia, te contuviste de gritar al examinar los ojos amarillos, los labios azulados y el rostro contraído de tu madre. Alargaste la mano y tocaste la helada piel de la muerta, mientras la llamabas diciendo: ¿Mamá? ¿Mamá? El silencio mortífero inundó tu corazón de pánico. Intentaste gritar, pero tu voz quedó muda ante la escena. De pronto, tus manos se agarraron a tu cuello y tu boca se desencajó de tu rostro desesperadamente para atrapar alguna gota de… A…I…R…E… Necesitaba… aire’’.

Abrí los ojos y me di cuenta de que había sido una pesadilla – dijo Alicia a la psiquiatra, mientras tomaba notas en una pequeña libreta negra. ¿Entonces, no recuerdas nada de aquel día, ni siquiera tu padre pudo explicártelo? – preguntó la psiquiatra. Alicia volvió a quedarse muda, pero, esta vez, no sabía qué responder. Alicia padecía de una extraña enfermedad que le afectaba al sueño, por eso, no era capaz de dormir sin la administración de un par de medicamentos que le inducían a saborear, aunque fuera por unas horas, del placer de pernoctar. La psiquiatra dejó de escribir y miró fijamente a Alicia. Se colocó las grandes gafas que tenía en el rostro y le preguntó: ¿Has tenido más sueños como este? Alicia negó con la cabeza y añadió: Desde hace un par de semanas, no había tenido ninguna clase de desvelo por la noche hasta ayer. Por eso, vine a verte, Stephanie. La psiquiatra asintió y apuntó algo más en su cuaderno. Después, se levantó de la silla mientras guardaba sus notas en la bata blanca que llevaba, y acercándose a su escritorio, empezó a prescribir un nuevo medicamento para su paciente. Alicia se incorporó sobre el diván y preguntó: ¿Es grave? Stephanie dejó de escribir y tranquilizó a Alicia, diciéndole que era difícil aliviar tales sobresaltos, pero que esperaba que todo pudiera solucionarse con otra nueva pastilla. Alicia no se quedó tranquila e insistió: Me dijiste que no todo puede curarse que hay ciertas heridas emocionales que son difíciles de superar. Stephanie reflexionó acerca de ello y le dio la razón a su paciente, pero tenía motivos para creer que aquellas pesadillas quizás podían terminar desapareciendo con el tiempo. Ambas decidieron verse dentro de una semana para ver el efecto del nuevo medicamento.   

Después de la consulta, Alicia siempre pasaba por una pequeña cafetería. Cuando traspasaba la puerta, sabía perfectamente qué iba a tomar. Un café solo con una tostada de tomate. Se sentaba al lado de una ventana que reflejaba la fachada del Círculo de Bellas Artes. Pocas veces contemplaba la arquitectura del edificio, porque la ventana siempre estaba inundada de transeúntes que iban y venían. Alicia se sobresaltó al ver a una mujer con un pañuelo blanco que decoraba su cuello y que era exactamente igual a su madre. Alicia apartó la mirada, pero, sin poder evitarlo, volvió a observarla. La misteriosa mujer ya no estaba allí, entonces, tomó rápidamente lo que le quedaba de café y salió rápidamente del establecimiento. Entre toda la masa, divisó a la misma mujer calle arriba. Alicia comenzó a correr, porque quería saber si se equivocaba o si aquello era otra pesadilla. La mujer torció a la derecha y se sumergió en una pequeña calle que se alejaba del bullicio de la avenida principal. Ella giró en la misma dirección y, sorprendentemente, allí no había nadie. Al abandonar la calle, Alicia empezó a martirizarse sobre si aquella mujer del pañuelo blanco, realmente, era su madre. 

Al llegar por la noche a casa, Alicia empezó a calentar algo para cenar, aunque no tuviera demasiada hambre. Estaba cansada de la jornada y algo intranquila por lo que le había sucedido aquella mañana. Después de comer, se abandonó a la calidez del sofá y al ruido que la televisión desprendía. Inesperadamente, Alicia comenzó a escuchar ruidos extraños tras la puerta de su casa. Parecía que una llave intentaba forzar la cerradura. Alicia echó todos los cerrojos y curioseó por la mirilla, al mismo tiempo, se llevó las manos a la boca. La misma mujer del pañuelo blanco estaba ahí frente a su puerta. Quitó todos los cerrojos y abrió la puerta. ¡Hola! Pensé que no estabas en casa – dijo la mujer del pañuelo blanco. Alicia, he venido a salvarte. Hay alguien que quiere hacerte daño. Instintivamente, Alicia le dio con la puerta en las narices. ¡Alicia, Alicia! Sé que es difícil de creer, pero soy tu tía – dijo la mujer de blanco mientras golpeaba la puerta. Soy hermana de tu madre, bueno, su gemela. Ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos. ¿Recuerdas cuál era tu libro favorito? Alicia escuchaba atentamente, mientras recordaba el nombre de aquel libro. Sí, Alicia, era Oswald, el conejo con suerte – dijo la mujer misteriosa. Alicia se atrevió a abrir la puerta y le preguntó: ¿Dónde has estado todo este tiempo y quién va a hacerme daño?

La extraña mujer de blanco no paró de hablar toda la noche. Alicia escuchaba con curiosidad e intentaba encajar sus experiencias con las de su infancia. Quién podía creerse todo aquello, ni siquiera Alicia era tan fantasiosa, aunque lo hubiera sido en su infancia. Sin embargo, la extraña mujer, que era su pariente más cercano, no mostraba ningún tipo de inquietud hasta que Alicia le preguntó quién era la persona que quería hacerle daño. De repente, la mujer se puso en guardia y recordó su cometido. Comenzó a registrar la casa de arriba abajo. Al comprobar que nada había de extraño en el apartamento de su sobrina, sacó una maleta pequeña para que Alicia metiera un par de cosas. Vamos a salir de la ciudad, Alicia – dijo la mujer del pañuelo blanco. ¿Cómo me voy a ir de la ciudad? ¡Estás loca! – gritó Alicia mientras guardaba la pequeña maleta en el armario. No te atrevas a llamarme loca, yo no necesito medicarme para dormir. Mientras decía eso, su tía cogió el paquete de pastillas y las lanzó por la ventana del apartamento. Alicia casi se lanzó a por ellas, pero la mujer la detuvo a tiempo. De repente, se dio cuenta de que era esa mujer quien pretendía matarla. Alicia empezó a forcejear y la empujó contra la pared.

Tendrías que haberlo visto, la empujé contra la pared. ¡Stephanie, ven a mi casa y llama a una ambulancia! Eso fue lo último que dijo Alicia antes de que la ingresaran en el psiquiátrico. Stephanie tuvo que hacerse cargo de la salud mental de Alicia. Aquellas pastillas le habían alterado hasta tal punto que enloqueció. Después de unas semanas, Stephanie fue a visitarla. Cuando entró en la habitación blanca, Alicia estaba atada a la cama, mientras balbuceaba cosas que solo ella entendía.
Hola, Alicia. ¿Sabes quién soy?
– Ella sabe quién eres. Sí – dijo con un susurro.
– ¿Quién? ¿Quién es ella?
– La mujer del pañuelo blanco, la que se parece tanto a mi madre…
– Ya hemos hablado de ella, no existe, Alicia. No – dijo mientras le cogía de la mano.
– ¿Cómo no va a existir? Ella también se ríe. Dice que tú también la conoces. La creaste cuando me diste aquellos caramelos blancos. Fue cuando la descubrí. Tú ya la conoces – mientras Alicia hablaba, Stephanie sintió una presión en el hombro como si la estuvieran agarrando fuertemente.
– ¡Fuera! – gritó Stephanie y, detrás de ella, estaba aquella mujer. La mujer de la que hablaba Alicia. Entonces, la mujer de blanco se acercó a ella y le dijo: Ha pasado mucho tiempo, he tenido que crearla para ti, cariño – señaló a Alicia. ¿No te reconoces? Stephanie comenzó a abrir la boca desesperadamente. Alicia, desde la cama, dijo: Jamás volverás a despertarte, Stephanie.   



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