Desde la oscuridad.

Sin vacío, no habría oscuridad. Sin oscuridad, no habría luz. Sin luz, nada podría existir. 

Me acomodo a lo formal que se supone que es creíble. No tengo ilusiones o esperanzas, solo caídas de cama y duros dolores de espalda. El saludo del sol es siempre frío y distante. No hay nada más allá de la ventana por la que miro todos los días. Solo veo lo mismo y lo mismo. ¿Acaso no me estaré convirtiendo en un loco? La comida ha perdido su valor y admiración, y mis dientes dejan de ser inmaculados a ser solo polvo. Mis manos han dejado de sostener aquello que me inspiraba un alivio para mi existencia. Dejo de ser algo útil y con autonomía para ser un escombro postrado en un lugar insignificante. Solo podía mirar lo que había en mí y observar que nada de lo que tenía me gustaba. ¿Por qué me hiciste así? ¿Por qué quieres que viva así? Lo que me entristecía era reconocer que tenía roto el corazón. Mi compasión se había esfumado y había maldecido a su propia sombra para intentar escapar de ella. Me había confundido de camino donde las piedras ensombrecían mi ánimo y lo retaban a que no hiciera nada, a que solo llorara.    

Tú solo me mirabas y me decías: aquí solo puede pulirse tu firme roca. Los caminos de la eternidad están abiertos por pequeñas y grandes grutas. Los animales huyen de ellas porque reconocen la presencia de una prueba que les exige ser más de lo que son. No puedo responderte al porqué, mis explicaciones no serían de ayuda, ni de consuelo. Si tú quieres introducirte en el azar de tu circunstancia, solo puedes hacer una cosa: decidir si llevarme contigo o sencillamente dejarme aquí. Te quedas callado y me dedicas una tierna mirada. Y vuelvo a preguntarte: ¿Cuánto tiempo he perdido en saber la respuesta de preguntas que no tenían justificación? ¿Qué bienestar hay entre las negras mareas que proporcionan la eternidad? ¿Dónde está la música que me va alentar en los pesares de la existencia? Te pido amigo que vengas conmigo, que toques para mí y que me devuelvas la seguridad de empuñar la esperanza que vive entre las tinieblas de mi alma. 

Aquel niño abandonó su firme mirada de desafío hacia el mundo, para recluir sus esperanzas en meras ilusiones que no llegaban a ninguna parte, pero no se abandonó por completo a las desventuras de los paganos. Aquel niño siguió creyendo en aquella vela que alumbraba su habitación durante las noches. Aquel niño nunca dejó que ese fuego se apagara y se evaporara de su existencia, pues él sabía el precio que pagaría si dejaba que aquella llamada en su interior se apagara. Su felicidad se reducía a una feliz tristeza, a una casualidad de la que no luchaba para combatirla, sino para amarla. 

Posdata: Aquel niño reconoció la grandeza de la luz en medio de la oscuridad. 





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