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La niña canta mientras llora.
Encoge sus miembros ante el tacto húmedo.
El sol seca las gotas de agua
y acaricia su mejilla misteriosa.
Sin rostro, la niña llora,
pisa el viento que se cuela entre sus dedos, 
se tambalea ante los escombros muertos del frío suelo.

Para. 
A ella ya no le duele nada. 
Con el sol, apacigua su mirada
que contempla embelesada. 
Seca sus lágrimas,
acaricia su pecho.
Ella se derrite como el sol que la ama en secreto. 

Él traspasa las gotas de la ventana 
y la acurruca en la frente de quien ha llorado,
de quien ha dormido solo,
de quien nunca ha sido él mismo.
Se dirige a ella, a la sin rostro. 

Soy el rayo que ama tu pupila.
Es mi pupila y de nadie más.








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