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Me has seducido.

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Me has seducido, solo porque te delataste.  Podía ver lo que tenía delante, pero estabas por detrás de mí. Pensaba que no estabas buscándome. Me involucré en la espesura de lo que se esperaba. No dudé porque estaba bien acompañada, en cambio, tú no estabas ahí frente a mis ojos. No podía evitar preguntarme a dónde habías ido. Parecía una niña perdida que buscaba su libro preferido. Cómo puedo saber qué eres mi preferido, solo he podido contemplar el contorno de la portada. Aún no me he atrevido a insertarme entre las líneas de tus labios. No me atrevo a ocupar un espacio al que no he sido invitada por el momento. Mi reloj hace mucho que dejó de correr, en vez, de respirar. El tiempo solo se ríe de mí cuando libero el sonido de mi ser y es entonces cuando empiezo a pensar qué rápido pasa el tiempo.  Mis pies no están cansados de estar ahí esperándote frente a lo que me espera. No veo nada porque las nubes están rozado con sus dedos la dulce tierra. No hay un mar al que zamb...

Somos lo que nunca llegamos a ser.

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El vacío se refugia en mi garganta. El vacío tiene miedo de dejar de ser. Cree que podría ser otro y lo teme. Se mira al espejo y, solo de imaginarse lleno, tiembla. Nada posee ese cuerpo inerte porque cree estar completo en un mundo que lo parece. El reflejo del espejo lo muestra todo, pero no muestra la profundidad de la realidad y de los cuerpos que se creen vivos. Falacias son las dueñas de esa existencia humana, donde hacen creer que se es real. Solo son eso, convencimientos y certezas, pero no profundidades o verdades reales. El espejo no es nada más porque su función es la que es: aparentar. Aunque cuentan que existe un espejo teñido en polvos de colores e inscripciones de un idioma muy antiguo. El espejo colorea lo que es ausencia de creencia. El espejo profundiza y muestra pinceladas de lo que nos acompaña. Quienes se han atrevido hacerlo han advertido a los dueños que ni se atrevan, porque quizás lo que se les muestre escapa de su entendimiento y muestre lo irreconocible d...

Ahora era alguien.

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La luz de las velas inundaba las calles. Parecía que no había hueco para la oscuridad, todos estaban de celebración. Nadie se  había quedado en su casa porque todos iban a la piazza. Una mujer subía con elegancia las escaleras de aquella gran torre. La mujer vestía con un color morado que resaltaba entre las sombras de la noche. La mujer sonreía mientras subía. La poca luz que traspasaba las paredes de aquella fortaleza permitían deslumbrar un pequeño camino hacia el ascenso. Su pelo brillaba ante la luz de la luna y una fina diadema plateada decoraba su cabello. Sus hombros estaban al descubierto porque no se preocupaba por su aspecto. La mujer solo quería ascender, pero todas aquellas escaleras le estaban destrozando sus pies. Se paró en las escaleras y se quitó los zapatos. No se preocupó dónde los dejaba, solo quería subir hasta arriba. Sus dedos se apoyaban en las ásperas paredes de la torre. Sus pies descansaban en cada paso que daba, pero aún sentía peso en su cuerpo. L...

Horizonte, respóndeme.

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Era como un eco en el vacío. Miré a mi izquierda y ahí estaba. No podría explicar lo que mis oídos escucharon. Era una explosión de aire y libertad. Una mezcla que pocas veces he podido admirar. Podría decir que aquella velocidad casi me hace salir volando. No tuve miedo, sabía que después de aquella línea finísima que partía el horizonte en dos, iba a estar de regreso. Iba a volver con la victoria dibujada en mis ojos, pero para mi ingenua inocencia eso no fue así. Todo fue un amargo sueño que creí estar viviendo.  Tocé mis manos y mi cara, todo parecía de una claridad abrumadora que no pertenecía a este mundo. Creí que podía haberme quedado durmiendo en cualquier sitio que no fuera mi cama. La osadía de mi espíritu no conseguía marcharse de aquel lugar, no quería, no lo deseaba. Mi espíritu solo quería quedarse entre las aguas dulces de aquel sueño. Aquel eco en el vacío se repetía y mi espíritu vibraba al son. No sabía qué estaba haciendo, ni qué era aquello. Si pudiera mi esp...

Ella parecía seca.

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La pradera parece seca. Hace mucho que la lluvia abandonó esos prados, esas tierras. El color de su hermosa melena está fuerte y brillante. Mira con dulzura y no puede evitar pensar lo que su mala conciencia abusa de ella. La fuerza de sus ojos viste la tristeza de cualquier pobre en espíritu. Ella regala frescura para apaciguar a la bestia que algunos llevan a cuestas. Ella no obliga, porque ama el escudo de cada casa, de cada familia. No preguntan sus labios palabras comprometidas, sino motivos por los que proporcionar descanso. No tiene una casa grande, no tiene la mejor vista, no carece de nada porque en su sencilla morada lo tiene todo.     Muchos viajeros me han hablado de aquella pradera seca que para mí es abundante en cantidad y textura. Miro a la pradera y no me sostiene la mirada, huye. Me da la espalda para no creer en su existencia, cree que depende de lo que otros piensan. La miro y vuelvo a llorar de espaldas a ella porque no quiero creerlo, no puedo...

No podría explicártelo.

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No podría explicártelo. Cuando lo pienso solo actúan mis manos. Le rozan la cara y le miran con ternura. Es complicado no pensar en qué espero, qué es en lo que creo. A veces las dudas y la inseguridad se instalan en mis pensamientos y me susurran. No como acusadoras sino como consejeras. No puedo evitar pensar si está bien o si es lo mejor. Oigo conversaciones y opiniones, siempre surge ese pellizco que me reclama que me despierte de un sueño. Me pierdo en lo hondo de tu cuello y no puedo pensar, solo sentir. No podría explicártelo. La felicidad la rozo con los dedos pero a qué precio.  Dicen que aquello que sentimos como nuestro no podemos forzarlo. Nunca me he atrevido porque es tu libertad. Siempre puedo buscarte entre la multitud, conectarnos y entendernos. Siempre la armonía ha reinado en nuestro pequeño mundo. No temo a nadie mientras me anclo a ti, pero a qué precio. Me dirijo por lo que quiero, no por lo que tú esperas. Jamás... ¿Entonces, tendré que ceder cuando yo no q...

Dibujar fuera de la línea.

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Los principios los elegimos. Configuramos nuestra personalidad a raíz de lo que vamos experimentando. Los golpes, las alegrías, las pérdidas nos determinan. Creemos que tenemos que representar un papel porque es lo que esperan de nosotros. Creemos que eso es lo correcto, lo coherente. En mi opinión, no lo es. Para no caer en la mediocridad hay que crecer, hay que aprender a recoger las oportunidades al vuelo al igual que la experiencia de nuestros mayores. Hacer lo que esperan de nosotros no es felicidad, es un destino triste. Quizás, la culpa es nuestra por creernos lo que otros nos dicen. ¡Qué sabrán ellos! Lo que manda en tu alma es tu capacidad de crear, de destruir y de volver a crear. La categoría que nos ponen nos corta las alas, nos juzgan y juzgamos por la idea que creemos tener. No hablemos de etiquetas porque lo que hay detrás de las decisiones, no nos corresponde ponerlo en juicio. Vivimos esclavizados de lo que se espera de nosotros. Cuántos viven escondidos y per...